Por Camila Botero Santos
La Modernidad, entendida como el
proceso social e histórico que empieza a cumplirse en Europa Occidental
alrededor del Siglo XVIII, se caracteriza por ser “una emancipación, una
“salida” de la inmadurez por un esfuerzo de la razón como proceso crítico, que
abre a la humanidad a un nuevo desarrollo del ser humano” (Dussel, 1993. P45).
En otras palabras, es un movimiento que representa una ruptura con respecto a
las formas anteriores, pues busca sistemáticamente darle un sentido a la vida a
través de la lógica, o como señala Inneraty (s.f), a partir del uso de la razón
y la reflexión. Esta nueva y compleja concepción del hombre conlleva todas las
connotaciones de la era de la ilustración e implica una transformación al
sistema social, político y geográfico. La geopolítica es una ciencia que ha
sido conceptualizada de diversas maneras desde sus inicios, pues esta
fuertemente influenciada por las corrientes ideológicas dominantes en cada
momento de la historia. Empero, es una ciencia que permite tener una mirada
sistemática de los elementos geográficos, las fuerzas sociales, las
particularidades culturales y los recursos económicos que designan la influencia determinante del
medio físico en la política de una nación, brindando las bases para conocer así
la historia y
estudiar la causalidad espacial de los sucesos políticos y sus futuros efectos.
Entonces desde el contexto geopolítico, ¿Cómo se puede entender el periodo de
la Modernidad? ¿Qué implicaciones ha tenido la Modernidad en la historia, la
economía, la política y la sociedad? La importancia de estos interrogantes
radica en que entender el contexto histórico previo, permite generar una mirada
más profunda acerca del nuevo orden mundial que rige la era Posmoderna.
Como bien señala Jiménez (s.f)
el número de definiciones y la cantidad de propuestas sobre el ámbito espacial
y temporal que cubre el concepto de modernidad es bastante amplio. Sin embargo,
es posible delimitarlo a un periodo en el que “diferentes acontecimientos
históricos claves hacen que se imponga el principio de subjetividad”, en el que
la razón se antepone a la religión (Dussel, 1993. P45). Posterior al Renacimiento, primer paso de ruptura
con la época anterior de la Edad Media, la Edad Moderna se caracteriza por la
aparición de un nuevo clima intelectual que se enmarca en un orden geopolítico
impuesto por el descubrimiento de América, la creación de la imprenta, la
consolidación de la burguesía, la división de la Iglesia impulsada por la
Reforma de Lutero, la Revolución Francesa y el surgimiento de la Ilustración.
Estos acontecimientos fomentaron una creciente independencia del poder político
del poder religioso. Independencia que se fortaleció con la necesidad de
reemplazar las tinieblas de la ignorancia, la superstición y la tiranía de las
creencias religiosas, por el saber y la ciencia, fuente del progreso de la
sociedad. Y es precisamente ahí donde el concepto de modernidad planteado por
Habermas (1998) tiene relevancia, pues este plantea un cambio sustancial en la
relación que existía entre filosofía, ciencia y hombre. Según su teoría, es
durante este periodo de tiempo que la filosofía se vuelve crítica y concibe al
hombre como un elemento reflexivo de la actividad social, mientras que la
ciencia se acerca más a las cuestiones prácticas. La modernidad entonces, se
convierte en el momento clave donde el conocimiento teórico y el experto se
retroalimentan de la sociedad para transformarla.
Este nuevo paradigma, que supone la
conversión del hombre como centro de la realidad, representa una ruptura
respecto a diferentes dimensiones que de alguna u otra manera determinan
nuestra situación geopolítica actual. Según Jiménez (s.f.), estas dimensiones,
enmarcadas en la institucionalidad y en lo material, se fundamentan en las
ideas de liberalismo político y económico de Montesquieu, Voltaire, Rousseau y
Smith que propiciaron agitaciones políticas sustentadas en la soberanía del
Estado, y en el nacionalismo generado por el Imperalismo Europeo que buscaba la
expansión de territorios para obtener recursos naturales, abrir nuevos mercados
y promover el liberalismo político. Es a través de la redefinición del mapa
mundial, la entrada de un sistema internacional institucionalizado, la
transformación de los Estados, los cambios en las hegemonías, las zonas de
influencia y el avance
científico, que se enmarca el sistema social de la modernidad, el cual “muestra
una nueva opacidad debido a la aparición de intermediaciones (desde la
mercancía hasta el Estado) que tienden a adquirir una existencia autónoma y en
consecuencia a fetichizarse, generando una enajenación económica y política”
(Revueltas, s.f).
Es ante esta situación de
cambios estructurales, fortalecidos con los ideales de la Revolución Francesa,
que el poder del Estado se condensa y se empieza a definir por las instituciones
y constituciones, que en vez de servir a la Iglesia, ahora pretenden garantizar
y proteger las libertades y derechos de los ciudadanos como individuos,
situación que aun hoy se mantiene en la teoría del contexto político y social
occidental. Es allí donde la dimensión
institucional de la modernidad señalada por Jiménez (s.f.) toma relevancia,
pues se puede observar cómo esta nueva importancia que adquieren las
instituciones hacen que la sociedad se empiece a regir por: la alta
urbanización, la industrialización que desacopla la participación en
actividades sociales, los amplios espacios de la vida social que operan a
través de organizaciones, el trabajo asalariado como base de la organización
del trabajo, y la vida económica organizada en torno a ‘firmas’ y ‘compañías’. Es
bajo este nuevo panorama institucional que surge el orden social que rige el
mundo posmoderno occidental: la división de clases sociales, que como bien
señalaba Carlos Marx (1818-1883), permitía la prosperidad de cierto grupo
poblacional y la marginación del otro como consecuencia de las diferentes
formas de relacionarse con las fuerzas productivas. Es precisamente en la
teoría marxista en la que se enmarca la realidad occidental actual, puesto que
esta supone la propiedad privada como institución que rige las relaciones
políticas, económicas y sociales a través de la división poblacional que surge
entre los dueños de los medios de producción (burguesía) y los que disponen de
la fuerza de trabajo para sobrevivir (proletariado).
Es el fortalecimiento de la
propiedad privada el que sustenta de esta manera el orden económico de la
modernidad, el cual se enmarca en la dimensión
material propuesta por Jiménez (s.f.), y de la cual depende el mundo
económico de la postmodernidad cada vez en mayor magnitud. Según el autor, “Las
formaciones precapitalistas eran sociedades predominantemente agrarias, en las
que prevalecía el valor de uso y la economía natural y los objetos producidos
eran concretos y variados, concebidos para durar”, pero es a partir del momento
en el que la sociedad deja de ser jerarquizada por el poder absoluto de la
religión que empieza a darse un movimiento de negación en el que “se privilegia
el valor de cambio (mercantil) en detrimento del valor de uso, y la uniformización
homogeneizante en menoscabo de la diversidad cultural” (Jiménez, s.f. P8)https://www.blogger.com/null.
Esta situación lleva a que la sociedad, fundamentalmente agraria, se convierta
en una sociedad urbana organizada por el poder de la mercancía, la cual genera
una nueva organización geopolítica alrededor de los centros de producción que
forman lo que hoy llamamos, las ciudades industriales y con ellas, el urbanismo
como trama social y político.
Bajo esta perspectiva de aumento
de productividad y con las bases de la revolución Industrial, las sociedad
moderna experimenta enormes transformaciones en el uso energético, lo cual abre
un espacio a la investigación científica y el desarrollo de la tecnología que
trae consigo el mejoramiento de la calidad de vida, lo que hace que la
población aumente considerablemente. Como Sánchez (2012) argumenta,
la investigación científica significará una mayor eficiencia en la producción
industrial y con ella, la búsqueda de nuevos mercados. Y por otra parte, el
avance de la tecnología permitirá un crecimiento económico que redefine los
medios de comunicación y transporte, así como las armas de guerra. Estos dos
rasgos característicos de la modernidad son los que desembocan en la tan
nombrada globalización, en la cual se enmarca nuestro sistema económico,
político y social actual.
La globalización, como proceso a
gran escala de interdependencia entre los distintos países del mundo, es un
sistema que supone una creciente comunicación global, con el fin de unificar
las culturas y los mercados a partir del libre comercio. Es precisamente a
través de las dimensiones antes mencionadas, que podemos entender la
consolidación de este nuevo orden mundial “sin fronteras, sin ideologías y con
una devaluación de la importancia del espacio territorial” (Barreto, s.f). En
este contexto se genera una definición más cercana a la geopolítica de la
postmodernidad, la cual plantea, según Geróid Ó Tuathail, que los “métodos comerciales
desplazan a los métodos militares”, que “la lógica del conflico está expresarda
por la gramática del comercio” y que “la pérdida del espacio territorial lleva
al Nuevo Orden”. La
modernidad entonces, fue un periodo de tiempo que abarcó grandes e importantes
hechos históricos que no solamente cambiaron el papel del hombre como individuo
pensante, sino que redefinieron a las instituciones y a la materia, como
aspectos relevantes que definen al mundo contemporáneo.
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