sábado, 10 de octubre de 2015

Dimensiones de la geopolítica de la Modernidad y su repercusión en la situación actual

Por Camila Botero Santos

La Modernidad, entendida como el proceso social e histórico que empieza a cumplirse en Europa Occidental alrededor del Siglo XVIII, se caracteriza por ser “una emancipación, una “salida” de la inmadurez por un esfuerzo de la razón como proceso crítico, que abre a la humanidad a un nuevo desarrollo del ser humano” (Dussel, 1993. P45). En otras palabras, es un movimiento que representa una ruptura con respecto a las formas anteriores, pues busca sistemáticamente darle un sentido a la vida a través de la lógica, o como señala Inneraty (s.f), a partir del uso de la razón y la reflexión. Esta nueva y compleja concepción del hombre conlleva todas las connotaciones de la era de la ilustración e implica una transformación al sistema social, político y geográfico. La geopolítica es una ciencia que ha sido conceptualizada de diversas maneras desde sus inicios, pues esta fuertemente influenciada por las corrientes ideológicas dominantes en cada momento de la historia. Empero, es una ciencia que permite tener una mirada sistemática de los elementos geográficos, las fuerzas sociales, las particularidades culturales y los recursos económicos que designan la influencia determinante del medio físico en la política de una nación, brindando las bases para conocer así la historia y estudiar la causalidad espacial de los sucesos políticos y sus futuros efectos. Entonces desde el contexto geopolítico, ¿Cómo se puede entender el periodo de la Modernidad? ¿Qué implicaciones ha tenido la Modernidad en la historia, la economía, la política y la sociedad? La importancia de estos interrogantes radica en que entender el contexto histórico previo, permite generar una mirada más profunda acerca del nuevo orden mundial que rige la era Posmoderna.

Como bien señala Jiménez (s.f) el número de definiciones y la cantidad de propuestas sobre el ámbito espacial y temporal que cubre el concepto de modernidad es bastante amplio. Sin embargo, es posible delimitarlo a un periodo en el que “diferentes acontecimientos históricos claves hacen que se imponga el principio de subjetividad”, en el que la razón se antepone a la religión (Dussel, 1993. P45). Posterior al Renacimiento, primer paso de ruptura con la época anterior de la Edad Media, la Edad Moderna se caracteriza por la aparición de un nuevo clima intelectual que se enmarca en un orden geopolítico impuesto por el descubrimiento de América, la creación de la imprenta, la consolidación de la burguesía, la división de la Iglesia impulsada por la Reforma de Lutero, la Revolución Francesa y el surgimiento de la Ilustración. Estos acontecimientos fomentaron una creciente independencia del poder político del poder religioso. Independencia que se fortaleció con la necesidad de reemplazar las tinieblas de la ignorancia, la superstición y la tiranía de las creencias religiosas, por el saber y la ciencia, fuente del progreso de la sociedad. Y es precisamente ahí donde el concepto de modernidad planteado por Habermas (1998) tiene relevancia, pues este plantea un cambio sustancial en la relación que existía entre filosofía, ciencia y hombre. Según su teoría, es durante este periodo de tiempo que la filosofía se vuelve crítica y concibe al hombre como un elemento reflexivo de la actividad social, mientras que la ciencia se acerca más a las cuestiones prácticas. La modernidad entonces, se convierte en el momento clave donde el conocimiento teórico y el experto se retroalimentan de la sociedad para transformarla.

Este nuevo paradigma, que supone la conversión del hombre como centro de la realidad, representa una ruptura respecto a diferentes dimensiones que de alguna u otra manera determinan nuestra situación geopolítica actual. Según Jiménez (s.f.), estas dimensiones, enmarcadas en la institucionalidad y en lo material, se fundamentan en las ideas de liberalismo político y económico de Montesquieu, Voltaire, Rousseau y Smith que propiciaron agitaciones políticas sustentadas en la soberanía del Estado, y en el nacionalismo generado por el Imperalismo Europeo que buscaba la expansión de territorios para obtener recursos naturales, abrir nuevos mercados y promover el liberalismo político. Es a través de la redefinición del mapa mundial, la entrada de un sistema internacional institucionalizado, la transformación de los Estados, los cambios en las hegemonías, las zonas de influencia y el avance científico, que se enmarca el sistema social de la modernidad, el cual “muestra una nueva opacidad debido a la aparición de intermediaciones (desde la mercancía hasta el Estado) que tienden a adquirir una existencia autónoma y en consecuencia a fetichizarse, generando una enajenación económica y política” (Revueltas, s.f).

Es ante esta situación de cambios estructurales, fortalecidos con los ideales de la Revolución Francesa, que el poder del Estado se condensa y se empieza a definir por las instituciones y constituciones, que en vez de servir a la Iglesia, ahora pretenden garantizar y proteger las libertades y derechos de los ciudadanos como individuos, situación que aun hoy se mantiene en la teoría del contexto político y social occidental. Es allí donde la dimensión institucional de la modernidad señalada por Jiménez (s.f.) toma relevancia, pues se puede observar cómo esta nueva importancia que adquieren las instituciones hacen que la sociedad se empiece a regir por: la alta urbanización, la industrialización que desacopla la participación en actividades sociales, los amplios espacios de la vida social que operan a través de organizaciones, el trabajo asalariado como base de la organización del trabajo, y la vida económica organizada en torno a ‘firmas’ y ‘compañías’. Es bajo este nuevo panorama institucional que surge el orden social que rige el mundo posmoderno occidental: la división de clases sociales, que como bien señalaba Carlos Marx (1818-1883), permitía la prosperidad de cierto grupo poblacional y la marginación del otro como consecuencia de las diferentes formas de relacionarse con las fuerzas productivas. Es precisamente en la teoría marxista en la que se enmarca la realidad occidental actual, puesto que esta supone la propiedad privada como institución que rige las relaciones políticas, económicas y sociales a través de la división poblacional que surge entre los dueños de los medios de producción (burguesía) y los que disponen de la fuerza de trabajo para sobrevivir (proletariado).

Es el fortalecimiento de la propiedad privada el que sustenta de esta manera el orden económico de la modernidad, el cual se enmarca en la dimensión material propuesta por Jiménez (s.f.), y de la cual depende el mundo económico de la postmodernidad cada vez en mayor magnitud. Según el autor, “Las formaciones precapitalistas eran sociedades predominantemente agrarias, en las que prevalecía el valor de uso y la economía natural y los objetos producidos eran concretos y variados, concebidos para durar”, pero es a partir del momento en el que la sociedad deja de ser jerarquizada por el poder absoluto de la religión que empieza a darse un movimiento de negación en el que “se privilegia el valor de cambio (mercantil) en detrimento del valor de uso, y la uniformización homogeneizante en menoscabo de la diversidad cultural” (Jiménez, s.f. P8)https://www.blogger.com/null. Esta situación lleva a que la sociedad, fundamentalmente agraria, se convierta en una sociedad urbana organizada por el poder de la mercancía, la cual genera una nueva organización geopolítica alrededor de los centros de producción que forman lo que hoy llamamos, las ciudades industriales y con ellas, el urbanismo como trama social y político.

Bajo esta perspectiva de aumento de productividad y con las bases de la revolución Industrial, las sociedad moderna experimenta enormes transformaciones en el uso energético, lo cual abre un espacio a la investigación científica y el desarrollo de la tecnología que trae consigo el mejoramiento de la calidad de vida, lo que hace que la población aumente considerablemente.   Como Sánchez (2012) argumenta, la investigación científica significará una mayor eficiencia en la producción industrial y con ella, la búsqueda de nuevos mercados. Y por otra parte, el avance de la tecnología permitirá un crecimiento económico que redefine los medios de comunicación y transporte, así como las armas de guerra. Estos dos rasgos característicos de la modernidad son los que desembocan en la tan nombrada globalización, en la cual se enmarca nuestro sistema económico, político y social actual.

La globalización, como proceso a gran escala de interdependencia entre los distintos países del mundo, es un sistema que supone una creciente comunicación global, con el fin de unificar las culturas y los mercados a partir del libre comercio. Es precisamente a través de las dimensiones antes mencionadas, que podemos entender la consolidación de este nuevo orden mundial “sin fronteras, sin ideologías y con una devaluación de la importancia del espacio territorial” (Barreto, s.f). En este contexto se genera una definición más cercana a la geopolítica de la postmodernidad, la cual plantea, según Geróid Ó Tuathail, que los “métodos comerciales desplazan a los métodos militares”, que “la lógica del conflico está expresarda por la gramática del comercio” y que “la pérdida del espacio territorial lleva al Nuevo Orden”. La modernidad entonces, fue un periodo de tiempo que abarcó grandes e importantes hechos históricos que no solamente cambiaron el papel del hombre como individuo pensante, sino que redefinieron a las instituciones y a la materia, como aspectos relevantes que definen al mundo contemporáneo.


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